Irrespirable Borde…

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Irrespirable. Inconcebible. A la par de los mundos dentro del mundo que se queman entre sí, sin que nadie se lo pida al otro, generamos día a día el microcosmos del infierno. Nuestro propio infierno. El de una Buenos Aires que es extensión de una historia copiada. De la construcción de modelos intolerantes. Y la intolerancia se hace carne y combate.
Nadie quiere combatir. Todos atacan. Y por fin, la defensa propia se vuelve filosofía cotidiana. Una vez más, nuestro propio ser se vuelve inhabitable.

La defensa propia se vuelve entonces un ataque preventivo.
Así, todos pasamos por encima del otro.
Así, un colectivero cierra la puerta y arranca mientras una madre tiene a uno de sus chiquitos en la vereda y a su bebé en brazos mientras baja.
Así, los automovilistas doblan una esquina confundiendo una calle del microcentro porteño con una pista de aterrizaje.
Así, el caminar no más se vuelve una pugna por ver quién sobrevive arriba de una acera y quién tiene que desviarse, a la manera de los viejos enfrentamientos medievales entre dos jinetes según se ve en las películas que colorean hechos trágicos para convertirlos en aventuras digeribles.
Así, uno simula que el otro es invisible, e inexistente.
Así, puenteamos el miedo a que nos quiten el lugar.
Así, se escapa una sonora carcajada cuando a alguien se le ocurre pronunciar la denominación “identidad nacional”.
Así, cargados de demasiados documentos, DNI, Cédula de Identidad, Tarjeta de débito, Carnet de la Obra Social, Tarjeta de Crédito, carnet de conductor…

… No sabemos qué especie somos.

La especie argentina… quizás sea demasiado imaginarnos como renacuajos con una evolución por delante.

Esto siempre, claro está, aglutinando las peores experiencias en un -paradójicamente- reduccionista plano general.

Lo otro es, más allá del ruido, enfocar un poco más alrededor, detrás, a nuestro lado…

Veremos otra cosa. Veremos muchas otras cosas. En la arena, a orillas del riacho, encontramos esas partículas doradas, brillantes, por una luz interior que se deja ver afuera. No desatan fiebre como el Oro, no todos quieren quedarse con ellas, pero son mucho más perdurables.

Estas partículas no tienen edad. No se diferencian por clase, o mejor dicho, podemos encontrar de toda clase (en un sentido no clasista, si es posible). Y brillan porque su brillo, justamente, no les importa. Quizás sea el momento de parar un poco. Sentarse, y empezar a rescatar esas partículas al borde del riacho. Quizás nos contagien un poco. Quizás transformemos el color de la arena de la orilla. Quizás. Sólo quizás…

Sergio Armand