La Pared Gruyere

glostoraHoy nos toca hablar de un medio que acompañó dichas, dolores, tristezas. Un medio que soportó tironeadas, censuras, manoseos, y también supo sobreponerse; ser la voz que a pesar de empeños represivos, salió a flote, para que desde lo lejos, pudiera verse sobre la superficie un poquito de la tan preciada verdad.

Esa es la radio. Estuvo con su voz para quienes no veían la realidad. Entonces la convirtió en sonidos. Tuvo, en Argentina, un desarrollo diferente al de otros países, es cierto. El lenguaje y potencial sonoro pudo explotarse más. Quizás debió prevalecer el radioteatro o dar cabida a nuevos géneros narrativos. Pero la radio en la Argentina fue y es así: la voz ha estado diciendo lo que se impone en momentos claves de la historia. La radio ha sido, en el siglo XX, un soporte esencial. Un medio coloquial y, al decir del periodista Ulises Barrera, “ni siquiera el teléfono se le asemeja”. Estimula la adrenalina, inflama las pasiones, deja ver caras verdaderas o broncas actuadas, pero a la larga, la voz delata, y no permite que la mentira dure demasiado.

Esa es la radio. Un medio que en la atmósfera de los estímulos multimediáticos, sigue privilegiando el acto de escuchar, sea compulsiva o reflexivamente, en un mundo en que todos quieren “pasar el aviso” y nadie escucha los gritos de auxilio.

Y decía párrafos atrás que “nos toca hablar”, aunque conviene dejar de lado la hipocresía: elegimos hablar. Elegimos hablar de un medio que a pesar de las imposibilidades de acceso laboral, permite abrirnos paso con la expresión sonora, con la palabra, con proyectos alternativos, buscando huequitos en el dial saturado de propuestas y ofertas de diversos credos, ideologías y shoppings, en la caótica red cibernética, en altoparlantes ubicados en las plazas, en circuitos cerrados, en radios abiertas… Nos toca, por decisión propia, hablar de un medio que amamos, a quienes están investigando sobre ella, a quienes desean encarar algún proyecto radiofónico, a quienes estudian este medio incorporando prácticas profesionales, a quienes la están descubriendo por vez primera, a quienes simplemente se acercan a ella por su potente imán sonoro: aquel que atrae a la curiosidad, y al querer decir.

Tuve la suerte de aprender de profesionales, de maestros. Se me ha concedido, en muchos instantes relámpagos de mi vida, verlos en acción. La primera vez, ingresé –de la mano de mi madre- a la mítica Radio El Mundo, en un edificio ubicado en Maipú al 500 de la Ciudad de Buenos Aires –hoy ocupado por LRA 1 Radio Nacional Buenos Aires -, que disponía, al fondo de aquel largo pasillo de la Planta Baja, de un amplio auditorio. ¿Qué me había llamado la atención teniendo yo unos siete años de edad? Las paredes… ¡Estaban agujereadas! Muchos cuadraditos con perforaciones. ¿Para qué servían? Años después, en documentales o algún informe especial para televisión, descubriría que en otras radios también estaban esas paredes. Y bastante más tarde, alguien me explicaría cosas acerca del control de la reverberancia y el aislamiento acústico. Por el momento, los agujeritos en la pared seguían siendo un misterio, el cual dejó de preocuparme apenas apareció en el estudio José Marrone. Para mí, “Pepitito” Marrone era el personaje que amaba ver en “El Circo de Marrone” por televisión, y fue un shock descubrirlo calvo, y sin la nariz de payaso. Sin embargo, a pesar del impacto, me fascinó. Era la primera vez que veía “las voces” de la radio. La de Marrone y sus cuentos, la del presentador, la de los locutores que leían en vivo los avisos publicitarios, y las de quienes leían los boletines informativos en una cabina vecina. Descubrí que había un control con un operador técnico, que los conductores –por entonces, tratándose de un programa con público realizado desde el auditorio, parados frente a atriles con papeles y libretos- le hacían indicaciones mediante señas para que pasara los discos, que Marrone se salía de esa convención y verbalmente añadía en el aire “No. El otro surco. Poné el otro tema”, que había una luz roja encendida cuando se estaba en el aire, y que la atmósfera, a pesar de asistir a lo que por entonces se conocía como una muestra de radio-espectáculo con público (aunque la televisión ya había aparecido un considerable tiempo atrás), era calurosamente cotidiana, como el mate.

La radio era, a las 10 de la mañana en los días que tenía escolaridad simple, la rueda del mate en casa mientras mi padre fabricaba guantes de vaqueta para las industrias del interior del País, y Rapidísimo, con Héctor Larrea.

La radio era, cuando acampábamos en Punta Mogotes aquellos infames años de la dictadura militar, el jingle de heladeras “Vanderbilt” en la radio portátil que teníamos en la pesada carpa canadiense.

La Radio soplaba nuevas voces y prolijidades cuando a nuestro hogar llegó el primer radiograbador “Sharp”, que nos permitía escuchar la suave música y los locutores que “susurraban” en FM, y también jugar a la radio mientras grabábamos la parodia que con mi hermano habíamos apodado “Lentísimo”.

Era encerrarnos en el taller de papá y agarrar la vieja radio que sintonizaba Onda Corta, escuchar radios de Japón, Inglaterra, Brasil.

La Radio era “La Máquina de Contar” con Juan Carlos Mesa cuando estudiaba en la secundaria, y “Ciudad Abierta” con Mónica Cahen D’anvers, o la versión vespertina con Aníbal Vinelli y Luisa Delfino.  Era “el color de una ciudad” que rezaba el maravilloso Ernesto Frith en el slogan de Radio Continental. Era la voz perfecta, penetrante y comprometida de Eduardo Aliverti en Radio Belgrano. Eran Los Arroyeños, que nos despertaban temprano gritando y batiendo cacerolas (paradójico preludio de tiempos que signarían la imagen de nuestro país) en “Arriba Chicos”, o las risas de la locutora que se tentaba mientras leía las tandas en vivo junto a Carlos Abrevaya y Jorge Ginzburg “En Ayunas”.

La Radio era el medio al cual quería acceder cuando estudiaba la carrera de Libretistas en el ISER. La que anhelaba mientras los sábados, en vez de ir a bailar, grabábamos con regodeo pilotos para presentar en las radios. Épocas en que Adolfo Castelo nos escuchaba las grabaciones y daba consejos, al tiempo que lo escuchábamos junto a Alejandro Dolina en “Demasiado Tarde para Lágrimas”.

Era todo esto. Era mucho más. Era lo que escuchaba, lo que quedaba por escuchar, y lo que queríamos decir.

Era participar como asistente de producción en Radio América, y luego como comentarista cinematográfico.

Era colaborar escribiendo para el mítico divulgador de folklore (antes bailarín y estrella del cine argentino) Jorge Lanza en Radio Splendid. Era grabar en Buenos Aires para enviar los cassettes a las Radios Nacionales del Interior. Y era, a fin de cuentas, descubrirme a mí mismo en un involuntario acto de drogadicción cuando terminaba de revestir las paredes de una pequeña radio alternativa en Buenos Aires con Eucatex: unos cuadrados de doble capa que controlaban la reverberancia y servían para el revestimiento acústico. Eran blancos, con agujeritos en la superficie.

Una pared agujereada. Y estaba en mis manos.

Por eso, escribir sobre un medio al cual hace más de medio siglo le pronosticaron la extinción, es sin duda una experiencia feliz. Los hechos que de alguna manera (en algunos casos indirecta) contribuyeron aún sin quererlo, en la definición, posición o rol social de este medio, no fueron tan felices, a menos en Argentina, país con una configuración sociopolítica particular, que hace la historia y el presente de la radio mucho más interesante, mucho más importante, mucho más necesaria de estudiar..

Importantes teóricos e historiadores han escrito sobre el desarrollo histórico de la radio en Argentina y el mundo. Entre ellos, Jorge Noguer, en su “Radiodifusión en la Argentina”  habla también de la trascendencia socio-cultural de la radiodifusión, las políticas de comunicación y el “deber ser” del medio. Así mismo, citado por periodistas y escritores más recientes como Carlos Ulanovsky, aparece como importante historiador Ricardo Gallo, quien reafirma que la primera transmisión radiofónica en el formato en que hoy se conoce comercialmente salió desde Argentina, ya que la obra de Richard Wagner “Parsifal” se emitió desde el Teatro Coliseo (acondicionado para competir con el Teatro Colón de Buenos Aires) aquel famoso 27 de Agosto de 1920. Por supuesto, otros informes e historiadores ignoran esta transmisión como la primera, pero la creencia de que en efecto Enrique Telémaco Susini, Luis Romero Carranza, César Guerrico y Miguel Mujica, apodados “Los Locos de la Azotea”, protagonizaron la primera transmisión de radio para “público numeroso” -que en realidad no lo era tanto-, inflamando un poco nuestras pasiones y aportando una merecida cuota de orgullo en el corazón histórico de nuestra tierra artística y comunicacional, nos sigue movilizando para sentir la seguridad de que el desarrollo radiofónico en Argentina tiene una fuerza que aún hoy, tras ser golpeado por dictaduras y discontinuidades en cuanto a la libertad de expresión, se realimenta constantemente gracias a la creatividad, el coraje y las artes verbales de quienes día a día sienten el entorno del estudio y sentarse ante el micrófono como un cotidiano “matear” y al mismo tiempo la posesión de una enorme responsabilidad social.

En un mundo con una sobrecarga de ofertas de estímulos audiovisuales, existe una postura de escasa reflexión acerca de nuestra percepción de los estímulos sonoros y la construcción de la realidad a partir de la misma. La radio, medio relegado como contenedor de mensajes “de impacto”, ha cambiado su rol social a través del movimiento pendular político-institucional que ha caracterizado a nuestro país.

La fuerza de la palabra es el elemento identificatorio del medio radio.

En estos tiempos de repetición de los discursos (aquellos que identificaron el advenimiento de los crudos años oscuros del ’70), conviene “parar las antenas”; agudizar el sentido crítico, escuchar más que nunca, y por sobre todo, buscar la forma de hacernos escuchar. La Radio sigue teniendo legitimidad a pesar de los “dueños de la comunicación” en Argentina. Quizás porque algunas voces se niegan a ser sumisas; quizás porque, como dijimos antes, la radio no os permite mentir.

27 de Agosto de 2004

(Parte de este texto pertenece a la introducción del libro “Radio, Lienzo Sonoro”, de Sergio Armand – Editorial Grafi-k – Buenos Aires – 2003)