Oscuritos

La discriminación aparece incluso en el intento de no discriminar. Sentirnos mejor intentando hacer algo bueno es en realidad un escape. Nos sentimos afuera, ajenos de aquello de lo que somos parte.

Tez oscura en la mirada de quien niega su propio matiz. Ojos como dos grandes agujeros blancos. Y marcas oscuras. Marcas negras. Te miran con desaprobación. O súplica. O pregunta. O nada. Pero le inventamos una intención para protegernos de nuestro propio agujero. Compro celulares. Aprovechá el día de la madre con esta súper oferta. En medio de la 9 de Julio, una silueta diminuta apenas puede avanzar. Pero la jauría de autos acelera resuelta. Si destella espere. Nunca deja de destellar. No va más. Hagan sus apuestas. Llega a la otra vereda. No llega. Negro el siete. No existe. Nadie los ve. Nadie lo tiene en cuenta ni siquiera para el azar. Pelo largo. Sucio. Monedas no tengo, si no, no viajo. 7 años. 7 bolas sin tirar. Bolas ganadas por otro. Caja de empleados. Cajas. Cartón. Caja sin monedas. La caja es la moneda. La guerra de las cajas. La guerra con sacrificios inevitables. No quieren evitarse. El sacrificio de esas vidas es el objetivo de esta guerra. Genocidio eterno. Los cartoneros tapan el tránsito. No llego al trabajo. El taxi lo atropellaría de buena gana por dejar el changuito en mitad de la calle. Oscuritos. Claro, si no usan una remera blanca nadie los ve. Chiquititos. Es normal. Siempre hubo. Lo dijo Sarmiento. Es legítimo. escapa a la legalidad, pero siempre hubo y siempre habrá. ¿Nadie regula esto? Privatizar la pobreza. Qué vas a hacer. El mundo es así. No hermano. Vos sos así. No me metas culpa. Son los tipos que hundieron ste país. No; sos vos que ves a Susana. Ganaste un Duna. Llamá al 0.600.999999 y llená el cupón con tus datos. Revuelven. Abren bolsas. Chiche Gelblung ordena sobreimprimir un cartel: “tienen 11 hijos y tienen cable”, mientras vemos una casilla por dentro. O una casa pobre. O lo que sea. Si una se esfuerza en armar bien las bolsas por qué dejan la vereda así. Habría que sacarlos. No. Habría que taparlos. Uf, paro el auto y me rodean 200 para limpiarte el vidrio. Ah… ¿no te alcanzan los 50 centavos? ¿Para qué pedís? ¿El mangazo viene con tarifa ahora?

Oscuritos, con gorra o sin. No son chicos. Son el escenario. Telón de fondo. No hay sueños posibles. Duermen sin soñar. Sueñan sin dormir. Oscuritos y cierro los ojos. Y mi negrura no es un tono de piel que alimenta xenofibias descerebradas; es vacío. No miro. Me resigno a su resignación. Entonces, creyendo que me apiado, le hundo el puñal. Saco la llave. Afuera hace frío. Entro al hall. Está calentito. Afuera no. Para mí llega la noche. Cumplí con mi misión en la vida. Escribí, hablé, enseñé. Me creo digno. Ahora el descanso, la cena ganada, una película. Espero el ascensor, y de reojo, los veo afuera, tras el vidrio de la puerta, revolviendo las bolsas. Se me cae el escenario. Me descubro barro con disfraz de persona. No hay fecha. Un efecto especial, me digo, y caigo en un agujero que me hace cada vez más miserable, a costa de la miseria de ellos. Y mi reflexión insume un tiempo que los ahoga más. No tengo derecho a creer que siento dolor.

Sergio Armand

(Publicado en El Cerebro Revista Digital el 20 de octubre de 2003)